Sexología Sustantiva

Muchos temas pertenecientes a los sexos son todavía estudiados desde otras muchas ciencias que no hacen más que poner el sexo en adjetivo y por ende, no sacar al sexo del marco reproductivo. La sexología entendida como adjetiva (medicina sexual, educación sexual…) es estudiada siempre desde otras ciencias y se queda en un marco teórico concreto. No es casualidad que ese marco teórico entienda el sexo como lo meramente genital. Sin embargo, la Sexología Sustantiva (la ciencia que estudia los sexos) consigue trascender ese marco, y es que al ser sustantiva es entendida como una ciencia propia, con su episteme y marco teórico completo. Una labor que todavía está pendiente en la sociedad moderna es conseguir ampliar ese marco científico; deconstruir la idea que se tiene sobre el sexo y construir la idea de los sexos. Para ello, desde la Sexología Sustantiva abogamos por un vocabulario coherente, diversificador, inclusivo, de rigor científico y fiel a la episteme que ayude a mejorar nuestra manera sexuada de estar en este mundo.

Necesitamos utilizar un vocabulario coherente que realmente entienda los fenomenos que se dan en la sexuación, como algo mucho más amplio que el simple hecho de sexar que hacemos con los bebes al nacer. Por ejemplo, cuando hablamos de transexualidad, estamos hablando de “transformar el sexo”, pero ¿que sexo  es el que se transforma? Desde una perspectiva sexológica rigurosa y científica es un término, etimologicamente hablando, incorrecto, puesto que no consigue trascender el marco genital; hablando de transexual, estaríamos utilizando el termino sexo para referirnos a aquello que tenemos entre las piernas, y no para referirnos a aquello que nos sentimos, hombre o mujer.

Además tiene que ser un vocabulario diversificador. Mientras que las palabras homosexual y heterosexual son categorizadoras y clasifican una conducta como “más normal” o “mejor” que la otra; de esta manera, heterosexual va unido a lo normal, mientras que homosexual es lo que se sale de la norma. Estas categorias pueden repercutir directamente en la manera sexuada de vivir la orientación de cada persona. Además de que estos conceptos tan extendidos (heterosexual – homosexual) tienen una dificultad de planteamiento, y es que aquella opción que a una persona puede atraer eróticamente, depende de la identidad de esa misma persona. Es decir, si una persona dice “soy homosexual” no se puede saber qué sexo le atrae hasta que no se conozca su identidad sexual (lo que nos gusta hemos de expresarlo obligatoriamente en función de nuestra identidad sexual). Desde una perspectiva sexológica en la que la palabra diversidad tiene que estar en todos sus apartados, tenemos que abogar por el uso de las palabras ginerasta (desear mujeres) o andrerasta (desear hombres); esta perspectiva rompe las categorías homo y hetero, poniendo el énfasis en el sujeto deseado y no en el deseante.

Fiel a la episteme; pederastia y pedofilia.

Somos conscientes de la “juventud” de esta ciencia, con todo lo que ello conlleva (campos aún por estudiar, planteamientos que mejorar, largo etcétera), pero el camino para extrapolar el conocimiento científico de los sexos en pro de una mejor calidad de vida no es otro que utilizar, en primer lugar, una nomenclatura más operativa que la que tenemos. Muchos autores defienden desde la Psicología que el cambio de lenguaje puede llevar al cambio cognitivo y, a la postre, al cambio conductual. En este caso, consideramos que un cambio de nomenclatura iría en esa misma dirección, en la del cambio de esquemas y, desde luego, en la mejora de la convivencia entre los sexos en cualquier ámbito de la vida.

Una muestra de la tergiversación que han sufrido algunos conceptos la podemos encontrar en las palabras “pederastia” y “pedofilia”. Mucha gente cree que son sinónimas, de hecho, en la última noticia que tuvimos oportunidad de ver en la televisión, los periodistas que la cubrían utilizaban uno y otro término casi de forma arbitraria. Pederastia y pedofilia no son palabras sinónimas. La raíz de estas palabras (ped_) proviene del griego (Paidós) y hace referencia a los niños o aquello que tiene que ver con la etapa infantil de la vida. Lo que hace que estas dos palabras sean diferentes es la diferencia entre Philos y Eros. Philos (_filo) hace referencia a una atracción más relacionada con la amistad, sin connotaciones eróticas, y Eros (_erasta) hace referencia, precisamente a una atracción Eró_tica (no olvidemos que Eros es en la cultura griega la misma figura que Cupido en la latina).

Sexismo es otra de las muestras que nos han ido arrebatando del sexo; la terminacion –ismo hace referencia que es una corriente o doctrina que se sigue. Así pues cristianismo o marxismo alude a los seguidores de la doctrina de Cristo o de Marx. Lo mismo ocurre con palabras como sexismo; supondria ser seguidor y defensor de los sexos, pero a día de hoy todos sabemos que no es ese el significado que tiene, puesto que socialmente el significado que se le ha dado hace referencia a los prejuicios o discriminaciones basadas en el sexo (con la palabra racismo ocurre lo mismo).

Deberíamos además apostar por darle importancia a las palabras que utilizamos e intentar que tengan el mayor rigor cientifico posible. Así pues, habría que empezar por darle a la palabra sexo lo que es de ella. El sexo es mucho más que lo que tenemos entre  las piernas, o lo que hacemos en nuestras camas. Además de reflexionar sobre el termino sex, deberíamos aclarar diversos aspectos que todavía hoy generan dudas y confusiones; gran parte de la sociedad todavía confunde identidad y orientación. La identidad sexual y la orientación del deseo erótico son dos cosas diferentes; la identidad nos habla de cómo nos sentimos (independientemente de nuestros genitales, aunque muchas veces coincida con esa categoría), hombres o mujeres, y la orientación se refiere a lo que nos atrae eróticamente.

Cada vez es más grave que no llamemos a las cosas por su nombre; sexo no es lo que se tiene entre las piernas, sexo es la manera en la que somos hombre o mujer (que por supuesto también incluye los genitales). Si pensamos que sexo es lo que se tiene entre las piernas, seguiremos llamándolos transexuales; intersexuales  a los que nacen con genitales ambiguos. Deberíamos hacer una pequeña reflexión sobre lo que entendemos por sexo, sexualidad, género, construcción etc, porque mientras que no tengamos un discurso unificado ni de rigor científico, seguirá ocurriendo que cada uno llamará a las cosas como le dé la gana.

Todo esto no son más que ejemplos del poco rigor científico en cuanto a los sexos se refiere. Hay gente luchando por darle ese rigor, pero si medios de comunicación, estados, movimientos sociales etc. no salen de ahí, será imposible que sigamos avanzando.

Tendríamos que empezar a reflexionar en torno a los conceptos que utilizamos; son reduccionistas, categorizadores y creadores de moral. Desde la sexología pues, abogamos por el uso de conceptos sustantivos que mejorarían nuestra forma de vivirnos y sentirnos sexuados,  vista está la clara necesidad de un vocabulario sexológico coherente. Sería un buen comienzo apostar por la educación temprana en las aulas; por una educación de los sexos en plural y no en singular; por una educación coherente y unificada entre profesorado, familias y alumnado. Esta claro que hay mucho camino por recorrer todavía.

Irune Iturbide y Alberto Álamo

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