Primer día: Las peripecias de meter una bici en un avión en la jornada de llegada.

Muy buenas a tod@s, lo que empiezo a contarles a continuación son las vivencias y experiencias que este humilde narrador disfrutó encima de una bici recorriendo la isla de Cuba. Espero que con mis palabras, fotos y vídeos que con tanto esmero grabé, puedan imaginarse ligeramente al menos, lo que sentí en cada momento y que, con mucho orgullo, quiero compartir con tod@s vosotr@s.

Día 1:

Son las 20:14 de la tarde del lunes 19 de diciembre de 2016, mientras espero mi cena, una Bucanero bien fría complementa mi mano, las olas están haciendo su trabajo rompiendo contra el Malecón de la ciudad de La Habana y por fin puedo descansar.

 

El camino hasta aquí no ha sido fácil, el día comenzó a las 05:00 a.m. en el Parque de Los Hippies, residencia que uso en otoño, verano, primavera e invierno (si las hubiese) en Bogotá. Mis alforjas estaban casi listas y la bici durmió ya desmontada dentro de la caja que debía de resguardarla. Terminé todo los cabos sueltos y el conductor me esperaba abajo. Le pedí el favor de que subiese a ayudarme con el muerto en forma de bici que llevaba para meterlo en el 4×4 que nos llevaría hacia el Aeropuerto del Dorado.

 

Lo fácil estaba hecho, ahora aguardaba un camino lleno de escollos que debía de sortear hasta verme rodando con mi bici de nuevo.

 

El peso máximo de la caja permitido por la compañía aérea era de 23 Kg, y entre todas las dimensiones de la caja, no podían sumar más de 230 cm. El segundo requisito lo cumplía, el total de longitud de largo, ancho y alto de mi caja era de 226 cm aproximadamente, dándome así un placentero margen de 4 cm. El peso no lo tenía tan claro, no había tenido ocasión de pesar la caja con todo dentro. Días atrás si pesé la bicicleta, el mastodonte de hierro pesaba 18,5 Kg, por lo que tenía 4,5 Kg de margen en la caja para las herramientas, los repuestos y todo aquello que no puedo meter en cabina.

 

Al llegar al Dorado, hago el Check-in sin problemas, la caja pesa 23,7 Kg pero a nadie parece importarle, sólo que al ser equipaje grande, no va por las cintas normales de transporte, sino que pasa por una enorme máquina especial de rayos X, hasta el momento no sabía que podía suponer esto. Veo como la máquina devora mi bici y me dispongo a hacer todos los trámites pertinentes hasta subir al avión. Todo lo acontecido desde que me separo de mi cicla hasta que aterrizo en La Habana carece de interés narrativo para un lector ávido de aventuras.

 

Al llegar al cálido aeropuerto José Martí de La Habana junto con todos los pasajeros me dispongo a esperar mi equipaje, que en este caso era mi compañera de viaje con dos ruedas. Cómo tuve que utilizar una máquina diferente para introducir la bici, pregunté que si esta salía por la cinta normal o por otro lugar, y así era, todo equipaje grande salía por otra enorme máquina situada al lado de la mesa de decomisado de los alimentos que estaba prohibido introducir en la isla.

 

Al rato, empiezan a salir los equipajes “normales” de los pasajeros pero ni un mínimo atisbo de que la máquina que debía traer mi bici empezase a funcionar. Cuándo todos mis compañeros de avión ya tenían sus pertenencias comencé a preguntar con algo más de ahínco sobre que pasaba en la máquina de equipajes grandes y empezó ahí la sana paciencia (y que en vacaciones incluso se disfruta) que me acompañará durante todos mis recorridos en la isla. Me comentaron que estaban llegando muchos aviones y que no había personal suficiente, y por lo tanto, priorizaban los equipajes normales de los pasajeros. Al menos, en la mesa de decomisado, siempre había escenas divertidas para pasar el rato.

 

Había varias personas esperando este tipo de equipajes grandes, de repente la máquina empezó a funcionar y escupió varios paquetes. Al no atisbar el mío entre ellos, no tuve más remedio que seguir esperando, me quedé solo con un chico al que le pregunté que si venía de Bogotá, me dijo que no, que venía de Moscú, llevaba 5 horas esperando dos televisores que había traído y que nadie sabía dónde estaban.

 

Esto me hizo preocuparme un poco, eran las 14:00 de la tarde y si mi bici tardase 5 horas en salir, tendría que hacer el trayecto del aeropuerto a mi alojamiento de noche, casi 30 Km, eso o modificar mi primera ruta y hacer ese trayecto en Taxi sin sacar la cicla de mi caja. Otra opción era que no apareciese mi bicicleta, este pensamiento llenabame de tristeza, pero en caso de que así fuese, siempre podía visitar la isla en transporte público como hace la gente normal.

 

La última opción que había era que mi bici apareciese, y tardase menos de 5 horas en hacerlo, sería la opción más sensata y desde luego, la que más esperaba. De nuevo el azar, que siempre ha timoneado mi vida, tomaba las riendas de la situación.

 

Sobre media hora después, la máquina vuelve a hacer ruido de nuevo y la emoción nos embarga, lo primero que expulsa la máquina son las televisiones del pobre chico, cosa que hizo que me alegrase por él. Siguieron saliendo cosas, para la alegría de los allí presentes (había llegado más gente procedente de otros vuelos) que tomaban tranquilamente sus pertenencias y se largaban sin ninguna empatía (como es lógico).

 

Mientras la gente se marchaba y comenzaba a quedarme de nuevo con poca compañía, empezó a aparecer poco a poco una caja de cartón que cumplía con los requisitos de la mía, segundos después, mis ojos confirmaban que definitivamente sí, era mi bicicleta. Irradiaba alegría por los cuatro costados, no sé qué se siente al ver salir a un hijo en el paritorio, pero seguro que tiene que ser algo parecido. Estaba ahí, mi bici había llegado, lo que a priori no suponía mayor problema, se había convertido en una larga espera llena de incertidumbre que por fin terminaba.

 

Estaba tremendamente feliz porque mi bici había llegado, pero ahora venía el que para mí era el problema principal, montarla. Pregunté a la chica que decomisaba, si podía montarla allí mismo, me dijo que ella no había visto nunca a nadie montar allí una bicicleta, pero que preguntase al guardia de aduanas. Pregunté, y este amablemente me dio el visto bueno, por lo que me puse a ello.

 

El principal problema vendría al montar la rueda trasera, lo jodido era que tenía que montar también los cambios, y esto era lo que me traía de cabeza. Procedo a montarlo todo, y cuándo pruebo a mover los pedales a la bici, aquello sonaba peor que la cintura de Kirk Douglas, era un desastre, y lo peor, no identificaba a priori porqué. Obviamente el problema estaría en los cambios traseros, pero no sabía que pasaba, por suerte tenía una foto de la bici antes de desmontarla y podía cotejar que ocurría. Al mirar la foto, me percaté de que el desviador trasero estaba mirando a Barranquilla comparado con el de la foto.

 

En ese momento me vine abajo, me planteé si todo esto había sido buena idea, si venir con la bicicleta desmontada sin tener ni idea de mecánica era un completo acto de inconsciencia e idiotez, en resumen, y como le paso a Manolete, si no sabes torear pa´ que te metes. Pensé en meter todo de nuevo en la caja y tomar un taxi, ya al día siguiente en La Habana encontraría un mecánico que me pudiese ayudar. Envuelto en frustración, decidí darme otra oportunidad y no abandonar al primer contratiempo y me puse como pude a intentar que los cambios tuviesen la misma posición que en la foto. Una hora después lo tenía, al mover los pedales aquello no sonaba todo lo bien que debería, pero al menos parecía que podía salir de allí en bici.

 

Eran aproximadamente las 15:30 de la tarde y me disponía a salir del aeropuerto, el sol era abrasador y nadie hablaba de un rascacielos ni del cielo de Nueva York.

 

De muy inteligente modo, había descargado y guardado los mapas de todas mis rutas salvo el mapa que me debía conducir del aeropuerto hasta mi hospedaje en La Habana. Como preguntando se llega a Roma, eso es lo que hice. Lo que si sabía es que eran aproximadamente 25 Km, un trayecto corto, y así empezamos.

 

En los primeros momentos preguntaba a cada rato, hasta que conseguí salir a la avenida Boyero que me dijeron que me dejaba en la Plaza de la Revolución, ya cerca de mi destino. Al poco de salir del aeropuerto, ya me di cuenta de que mi plato grande no funcionaba, perfecto, no había hecho más que empezar y la bici me daba su primera sorpresa. Poco más de una hora después, con el sol radiante y una calor importante, descubrí que no podría rodar todo el día, tendría que evitar las horas de mayor radiación, yo iba sólo y no podía permitirme el lujo de sufrir un golpe de calor o una insolación en mitad de las inhóspitas carreteras que transitaría en el futuro.

 

Cuándo este pensamiento agridulce asolaba mi cabeza, empecé a ver unos edificios al fondo que rápidamente asocié con la imagen que tenía de la plaza de La Revolución, llenome de alegría y felicidad este hecho que quise retratar.

 

Finalmente, y después de un rato más largo del que esperaba, llegué a la ansiada plaza, nunca había estado tan contento de ver la imagen de un barbudo, el gran Camilo Cienfuegos me esperaba para darme la bienvenida a una plaza magnífica, presidida por el monumento a José Martí y por la más que famosa imagen de este médico argentino cuyo nombre todos ya saben, Ernesto Guevara de la Serna. Ya estaba tranquilo, ya estaba allí, sabía que estaba cerca de mi destino, pero eso en ese momento no me importaba tanto, lo principal es que había llegado pedaleando a un lugar mítico y lo estaba disfrutando.

Ya de ahí a mi alojamiento tardé pocos minutos, lo encontré rápido y tuve la suerte de que la puerta estaba abierta, por lo que subí la bici en el ascensor y llamé a la puerta de la casa.

 

Me abrió Marina, la prima de un buen amigo que he conocido en Bogotá,  Fernando,  que amablemente me dijo que pasase y me sentase. Loli, su hermana, me preparó rápidamente un jugo de guayaba fresquito que me supo a gloria. Este amabilidad se vio pronto manchada porque me dijo que había habido un problema, la habitación que habían reservado para mí estaba ocupada porque un chico mexicano había tenido un problema y se tenía que quedar otra noche más y no querían dejarlo en la calle. Pero, me habían encontrado otra habitación a media cuadra para quedarme, sólo que el precio era de 20 CUC (20€) en vez de los 15 que habíamos acordado.

 

 

Ella me dijo un poco con la boca pequeña, que ponía la diferencia si no me parecía bien. Obviamente no me parecía bien, cuando por fin había llegado, totalmente sudado, ya con la bici subida, ya que podía ducharme y descansar de tanta tensión, ahora tenía que volver a moverme a otra casa con gente que no conocía de nada, y además pagar 5 CUC más. Le plasmé esto con total sinceridad, ella me dijo que la disculpase y que ponía los 5 CUC de diferencia sin problema. La verdad que no fue plato de buen gusto, pero no podía hacer nada, así que bueno, qué más da dormir ahí o en otra casa.

 

Tenía afán para cambiar dinero ya que al día siguiente saldría muy temprano y nada estaría abierto, me dijeron que cerca podía hacerlo. Fui al lugar y allí plasmé la idiotez que cometí en Bogotá al cambiar los pesos colombianos a dólares en vez de a euros, no sabía que por las pequeñas diferencias existentes entre E.E.U.U y el estado cubano, le aplicaban una tasa al cambio de dólares y perdía un 10%. Por lo que en esa transacción, perdí 50€ aproximadamente, así, sin vaselina ni nada.

 

Volví a la casa ya que me esperaban para que les contase acerca de la empresa que tenía planeada. Ellas estaban muy interesadas a la par que preocupadas sobre mis intenciones de llegar hasta Santiago de Cuba en bicicleta, y con toda la razón, de pronto, parecía que en ese salón estaban mis abuelas en vez de dos señoras que acaba de conocer, realmente se preocupaban por mí ya que era amigo de su primo.

 

Les enseñé la ruta y les conté que tenía todo más o menos planeado, por lo que su preocupación bajó.Les había traído un paquete de café colombiano y se lo entregué, me dijeron que podía ducharme allí, y que dejase la bici y todo en su casa, al final me consiguieron una cama en la casa de una amiga suya en la planta de arriba, por lo que podría estar allí todo lo que quisiera y subir sólo a dormir. Esto me tranquilizó y ya olvidé el pequeño inconveniente que tuvimos al principio.

 

Me duché, organicé un poco la maleta y  decidí salir a dar un paseo y cenar, disfrutar por fin de un tiempo de relax. Antes de salir, pasó una cosa curiosa y es que Loli, la hermana de Marina, estaba escribiendo una nota y le preguntó a su hermana si había puesto todas las tildes, esta revisó y le añadió la tilde en “están”, este hecho hizo que ya empezase a ver la preocupación de los cubanos por una buena escritura.  Y así, llegué al bar dónde cerveza en mano empecé a escribir este relato.

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5 Respuestas

  1. Maria dice:

    Hola Victor , no nos conocemos , somos familia y me ha encantado leer tus aventuras en Cuba , lindo país que he tenido la suerte de visitar en dos ocasiones. Te seguiré , escribes muy bien . Saludos .

  2. Victoria Castro dice:

    Nos has hecho esperar,pero ha merecido la pena.

  3. Andrés dice:

    Ole guti! Ya tenía ganas de leerte.

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