Palabras Huecas

En la era de la artificialidad, aparentar es la gran premisa. Por tanto, en la solución de problemas, el teatro, culmen de la interpretación humana, se convierte en un gran aliado. Si nos dejamos arrastrar por una idea humana del colectivo, podemos aventurar que la sociedad sufre y padece de igual manera que lo hace un individuo. Parece claro que vivimos en una era en la que el ser humano se afana en la predefinición total de nuestras vidas, en la visualización de lo que queremos ser, a pesar de que no lo seamos. Eso no importa demasiado. Las redes sociales convierten en artificio todo lo que tocan y ya no sabemos si la foto de un desayuno en Facebook es casualidad o es la consecuencia de 15 minutos de retoques, giros y filtros que provocan que el fotógrafo y comensal se coma el huevo frío. Lejos de mi intención está el de hacer la clásica crítica a este suceso, puesto que pienso que en el arte de vivir, lo mínimo que tenemos que tener en cuenta, es que lo único imprescindible es eso mismo, vivir (caminante, no hay camino). Y es que las tendencias humanas son resultado de tantos factores que frenarlas puede ser tan estúpido como inútil.

Dentro de esta época de falso techo, de imágenes vacuas y pensamiento inofensivo, me produce perplejidad la aparente premisa del pensamiento occidental de lo que se puede llamar grandilocuencia inocua. Aquella que en tiempos pasados parecía tener su territorio acotado en los certámenes de belleza, donde se deslizaba por la pasarela, y afloraba cuando una de las concursantes aseguraba con sonrisa fija y de altar de boda: “Mis mayor deseo es la paz mundial”. Y todo el público aplaudía, porque todos se sabían actores dentro del teatro, que por cierto duraba tan sólo 2 horas. Más tiempo parecía contraproducente. Incluso en aquel escenario de belleza establecida, de machismo de bar cutre virado en evento espectacular, donde un nutrido grupo de hombres y mujeres sexagenarios otorgaban notas a magníficos ejemplos femeninos por no se sabe bien qué, ese mensaje vacío quedaba hasta bien. Algo más profundo hubiera atentado contra la inteligencia de los espectadores.

Pero en aquellas décadas politizadas de la segunda mitad del siglo XX, aquellos hombres y mujeres volvían a sus casas, los espectadores apagaban la televisión, y volvían a sus vidas que poco tenían de artificio, porque ni existían las herramientas digitales de la actualidad, ni la dictadura del consumo entre los individuos era tan absoluta, y, concretamente en España se vivían años de mostrar lo que se había ocultado durante décadas: lo que cada uno era realmente.

En la actualidad vivimos un tiempo en el que todo lo que se dice, se cuenta, se informa, se recomienda, suena a artificial. Una época en la que gran parte de la reflexión al golpearla con los nudillos, suena a hueco. Todo esto me viene a la mente después de que algunos amigos de Luanda (Angola) me recomendasen una “red social de pensamiento”, así fue como la denominaron, llamada TED. Al parecer en el mundo anglosajón es muy popular, hasta el punto de llegar a congregar a miles de personas cada año que pagan los 6.000 dólares de entrada en su congreso anual. Se trata de una organización que desde 1978 se dedica a organizar eventos y congresos por todo el mundo, donde grandes figuras de la sociedad mundial, o personas con historias personales de gran superación, se encuentran frente al público, en un espacio muy parecido al utilizado en los concursos de música de la televisión, y vuelcan un puñado de grandes ideas positivas acerca de Tecnología, Entretenimiento y Diseño, raíces del acrónimo TED. En estas charlas es frecuente escuchar sentencias banales como “el hombre es capaz de cambiar el mundo”, “las grandes personas hablan sobre ideas”, o “si no estás dispuesto a equivocarte, nunca vas a ser creativo”. Frases que más que animarme me hicieron darme cuenta de que vivimos condenados por las frases de cambio, incluso revolucionarias, de un “juntos vamos a cambiar el mundo” que acaban por ser simples balas de fogueo cuyo objetivo no es ni tan siquiera rozar la profundidad del tema sobre el que está hablando. Por ejemplo, se podría hablar durante horas sobre las maneras para acabar con el hambre en África. Pero esas horas, sin un discurso con una intención auténticamente modificadora de la realidad y de los poderes establecidos, tan sólo complace a quienes emiten esas reflexiones. Provoca la floración de un onanismo en las sociedades dirigentes, capaces de ver los enormes problemas de la civilización, para erigirse como las únicas con la capacidad de solucionarlos. Aunque, de hecho, no lo vayan a hacer. Es el consumo en las ideas. La artificialidad del pensamiento.

Y, como digo, vivimos rodeados. Frases de autoayuda, oraciones en pizarras, en Facebook, en Twitter, en Instagram. Guías para pensar, para ser. Ya parece que no hay ni hombres raros. De esos excéntricos, erráticos. Hasta el que se sale de la norma, parece hacerlo a propósito. Titulares más importantes que cuerpos de noticia. ¿Y la razón? Enterrada.
Los árboles, sembrados estratégicamente y a conciencia, impiden ver el bosque. Es sano desconfiar de aquellos que crecen auspiciados y regados por los poderes establecidos. Nuestro sistema tiene la habilidad de modelarse según el contexto, modificar su forma y adentrarse en terrenos enemigos con piel de cordero. Por eso es necesario el pensamiento crítico, la pregunta. El toque con nudillos. Si suena a hueco, huyan.

David Arévalo

También te podría gustar...

3 Respuestas

  1. Andrés dice:

    jajajaja grande ángel!!

  2. Angel Lapuebla dice:

    Bravo compañero. Eres como mi pequeña computadora o ese gran profesor que cuando lo lees dices ” eso era exactamente lo que estaba pensando”.

    Vivimos para los demás. Todo lo que hacemos es para proyectar una imagen. Sino hubiera este gran hermano no existiría nigún pseudointelectual de personalidad aplastante y abrumadora, pero eso sí, nos daría la oportunidad de conocer seguro otras interesantes de verdad, que por serlo, siempre estarán a la sombra de estos semidioses.

    Muy poca gente vive para sí y lo que es peor, muchos se han creído tanto el papel que ya ni saben discernir si están en el teatro o en la cocina de su casa.

  3. Andrés dice:

    Genial David!! Me ha encantado tío, muy buena reflexión, creo que un día en el “Al rumbo” del año pasado estuvimos hablando de algo muy parecido, quizá no era el mejor contexto para ello jajaja.

    Me gustó mucho esta parte, porque creo q es un claro diagnóstico de muchos “pseudointelectuales” que ahora se lleva mucho eso:

    “…Pero esas horas, sin un discurso con una intención auténticamente modificadora de la realidad y de los poderes establecidos, tan sólo complace a quienes emiten esas reflexiones…”

    A ver, según yo entiendo tus palabras… en muchas ocasiones lo único que se esconde tras la emisión de esos mensajes es un “sentirse bien”, un “qué guay soy”, un “molo mazo” de la persona que lo emite. Pero realmente la emisión de la frase no incluye ninguna intencionalidad más allá del quedar bien.

    ¿es eso más o menos a lo qué te refieres? O lo he entendido yo mal?

Deja un comentario