La división en la izquierda: caballos y caballas

La división en la izquierda: caballos y caballas

¡Qué bonitos es un caballo! Un animal noble cuyo movimiento nos embelesa. No importa el ritmo: al paso, mantiene el lomo erguido, fuerte y ancho, mientras mueve las patas en cuatro movimientos que nos pasaríamos contando alegremente hasta el anochecer.

El trote es un monumento a las prisas sin factura, apenas hay cansancio. Con buena letra, sin sufrimiento, el caballo va de un lugar para otro; orgulloso, avanza por todo el carril, aunque interrumpa el tráfico. El arcén se le queda pequeño. También puede correr, echarse peso al lomo, sudar y a galopar, como dijo Alberti. De esta forma, puede llevarnos a cualquier lugar, a donde hace sol o a donde llueve a mares. Si pudiese hablar, nos preguntaría, como un taxista aparcado en la estación de trenes, hacia dónde queremos ir. Lástima que sólo relinche.

Están por todo el mundo. Son de diferentes formas. Altos, bajos, fuertes, gráciles, nobles, salvajes… Están ahí, envueltos por cualquier bandera: en Andalucía, en Galicia, en Mallorca, en los países árabes, en Holanda, en Francia, en Irlanda, en Islandia, en Argentina o en Suecia. Lucen y a nosotros nos brillan los ojos, porque lo natural nos emociona. Pensamos, bien, pero también sentimos.

Nosotros teníamos una plataforma para su defensa. Queríamos luchar por todos los animales, pero elegimos, por las razones ya esgrimidas, la bandera del caballo. Se  hacían protestas, exposiciones, asambleas, charlas y coloquios: ¿por qué lo enfrentan a un toro?, ¿le dan todos los cuidados que se merece?, ¿grano de calidad o pienso de segunda? Aquello era un mundo de preguntas, debates, propuestas, respuestas y, entonces, repreguntas…

Algunos casi crearon una religión en torno a los caballos. ¡Imagínese! Es como lo de las vacas en la India. ¿No le parece a usted ridículo que las santifiquen? A caballo regalado, no le mires el diente, dice el refranero. Pero eso se ha quedado más que antiguo. Dígame, ¿alguna vez le han querido dar uno?  Obviamente, tuvimos que desligarnos de ellos.

Los caballos muerden, escupen y defecan por todas partes. Huelen, sí, huelen y cocean. Normal, pensamos, que su popularidad haya decaído con el tiempo. Que la gente tenga moto, coche, bici; o coja el autobús, el tren, el avión. Claro, los caballos, si comparamos, son lentos, mucho. Y no hay tiempo que perder.

Entre nosotros hay dos amigo, Pedro y Pablo, que se han salido de nuestra organización para fundar otra. Juran y perjuran que, en sus corazones, siguen siendo tan caballistas como antes, pero ya no participan de nuestros actos. Dicen que sí, que están muy bien; pero, después de tantos años, apenas hemos conseguido atraer a nadie: somos los de siempre. Y ellos quieren más. A lo mejor, dicen, se puede defender a los animales sin necesidad de pregonar cuáles son bonitos, elegantes, alegres, y cuáles no. Porque, al fin y al cabo, lo importante es llegar. Ya sabe, no hay tiempo que perder y los caballistas seguimos siendo una opción marginal entre la población. ¿La cuarta, la quinta, la sexta? Varía según los diferentes sondeos.

Los seres humanos, sin embargo, necesitamos creer en algo. Porque pensamos, bien, pero también sentimos. Por eso, suponemos, Pedro y Pablo defienden ahora a un nuevo animal, la caballa. Pero nuestros caballos y sus caballas no son, permítanos advertirle, exactamente lo mismo.

Ellos llevan a cabo su nueva labor con un éxito sin precedentes entre quienes defienden a los animales, no hay más remedio que reconocérselo. A diferencia de lo que nos sucede a nosotros, a Pedro y a Pablo les abren todas las plazas y mercados del país. Hasta las grandes superficies, reticentes por el pasado equino de nuestros excompañeros, les han dado un stand para que hagan propaganda entre la clientela.

Tanta es la gente que están atrayendo a la causa, a su causa, que muchos de los compañeros se plantean dejar por imposible la infatigable y duradera lucha caballista.

Somos conscientes, sí, de que el nuevo animal viene en latas: no sabemos la forma de la caballa ni si existen diferentes tipos, habrá que buscar fotos. Ni idea de cómo viven, cómo suenan, cómo se relacionan o de si es viable, como en el caso de los caballos, atribuirles similitud alguna con nuestra especie.

Las caballas que nosotros tenemos en la cabeza son grasientas. Además, no pertenecen a la familia de los equinos, sino que son, acabamos de enterarnos, Escómbridos.

Por eso, de vez en cuando entran dudas sobre continuar nuestra lucha o incorporarnos a la de Pedro y Pablo. Ellos nos invitan a hacerlo, porque ambos defendemos, a fin de cuentas, a los animales. Nosotros, de momento, nos interrogamos con recelo y creemos que legítimamente, qué pasaría si montásemos a lomos de una caballa: ¿nos preguntaría, como un taxista aparcado en la estación de trenes, hacia dónde queremos ir?

Neftalí Caballero

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