La carrera por África

Ahora que el presidente del Gobierno del Estado español, Mariano Rajoy, se ha acordado que ahí frente a las costas de Cádiz se encuentra un trozo de tierra gigantesco llamado África, resulta interesante dar algunas pinceladas de la importancia económica del continente africano en el devenir de las grandes potencias mundiales. La fórmula matemática es bien simple: países en vías de desarrollo multiplicado por inestabilidad política elevada a la potencia de sus cuantiosos y valiosos recursos naturales da como resultado la llegada masiva de todas las potencias económicas mundiales que quieren llevarse todo a precio de saldo. Esto no sería alarmante si los contratos se hicieran de manera justa y no abusiva. Pero la gran debilidad de los países africanos proclives a la inestabilidad política y social sumada a la corrupción de las élites africanas crea un caldo de cultivo que no iba a ser desperdiciado por los gigantes del globo.

En esta carrera casi todos los países son protagonistas secundarios o convidados de piedra. Es el caso de España, mal que le pese a Mariano Rajoy, a quien, sin duda, le encantaría meter algunos de estos contratos abusivos con el membrete de la marca del país. La lucha sin cuartel es entre China y Estados Unidos. De hecho, parece ser la primera que se produce tan frontal entre las dos potencias económicas de la actualidad, que parecen intentar mirar hacia lados diferentes a pesar de que sus objetivos son los mismos: expandir las garras de su economía que parece ahogarse dentro de sus fronteras. La globalización y eso, ya saben. Aquello que se vende como un mantra de respeto y multiculturalidad, pero que al final engloba sólo términos económicos y que se juega con las reglas de los poderosos (TTIP). Y si no lo quieres ya puedes ir preparándote para un Golpe de Estado o una campaña mundial de descrédito de tus instituciones como ha ocurrido a lo largo de la historia con países como Cuba, Corea del Norte, Irán o Venezuela.

China parte con ventaja. Aprovechándose del buen cartel de la Unión Soviética en muchos países de África debido a la defensa por parte del comunismo de la importancia de que los ciudadanos decidan el rumbo de su pueblo, empezó a instalarse hace varias décadas en muchos países de África. El año pasado se cumplieron 50 años desde que en 1964, el Primer Ministro chino en aquel entonces, Zhou Enlai, realizase la primera visita a África de un dirigente del país oriental en la historia moderna. Aquel viaje alrededor de 10 países africanos, además del botín clásico de acuerdos económicos que se producen en las cumbres bilaterales entre estados, supuso un impulso a las aspiraciones independentistas de las naciones africanas que vivían tiempos agitados y de libertad. En el quincuagésimo aniversario de una visita que con el tiempo se ha ido configurando como un antes y después en la política exterior de un grueso de países africanos que tienen en China uno de los mejores clientes de sus productos primarios, el presidente actual Xi Jinping hizo una gran gira por diferentes países africanos. Una máquina que tiene que llevar a cuestas más de 1000 millones de personas necesita un pozo sin fondo repleto de recursos. Tomando el cuento de Monterroso, cuando la independencia despertó en África, el chino ya estaba allí. Y allí continúa. Paseando por las calles, ya independientes, de los países africanos que ofrecen sus pozos sin fondo como intercambio de infraestructuras y contratos multimillonarios.

En la balanza positiva para los ciudadanos en la relación entre África y China está la habitual justicia en los contratos que firman y el apoyo financiero del gigante asiático a países que no recibieron inversión por cuestiones políticas tales como Zimbabwe, Angola o Sudán, que fueron incapaces de obtener préstamos de las grandes organizaciones mundiales occidentales para reconstruir sus países después de las Guerras Civiles. En el aspecto negativo, los precios competitivos de China vienen derivados de los malos materiales que normalmente utilizan para las obras que acometen. Es habitual, por ejemplo, ver carreteras destrozadas en países como Angola poco después de ser cimentadas por empresas chinas. Otro de los abusos que cometen las compañías chinas, que normalmente dependen del propio estado, se refiere a las condiciones de sus trabajadores. La mayoría de los trabajadores son oriundos de la propia China y sufren jornadas laborales de muchas horas además de vivir en alojamientos paupérrimos. Un ataque a los derechos humanos que afecta también a los escasos trabajadores africanos que consiguen un puesto laboral en estas corporaciones asiáticas.

El otro bando inversor, comandado por Estados Unidos y los movimientos fácticos económicos mundiales del sistema capitalista, prefiere quedarse en los datos macroeconómicos de África olvidando la mejora real de sus ciudadanos. Y están los datos para confirmarlo: las naciones de África subsahariana han tenido mucho menos éxito en aumentar los ingresos per cápita, en reducir la pobreza, y en la transformación de sus estructuras económicas comparado con los datos de crecimiento de los países. Por ejemplo, en 2010 el promedio del PIB per cápita de la región fue de 688 dólares, casi la misma en términos reales que en 1980. En 2008 la mitad de los africanos vivían en la pobreza, mientras que en el resto del mundo lo hacía el 25 por ciento. En casi todos los países africanos el sector primario, ya sea en agricultura o minería, sigue dominando la producción. El comercio exterior refleja la estructura de la producción: las exportaciones están dominadas por productos básicos que incorporan poca aplicación de ciencia y tecnología, mientras que la mayor parte de las manufacturas y los servicios basados en el conocimiento son importados. La estructura del empleo es un espejo de la de la producción, con la mayor parte de la población dedicada a una producción agrícola de baja productividad tradicional o directamente en el sector informal.

El año pasado el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, realizó una gira por algunos países africanos como Nigeria o Sudáfrica con un objetivo primordialmente económico. Claro que lanzó aquellas frases repetitivas de “vamos a incrementar la cooperación y ayudar a los países africanos a combatir el terrorismo, concretamente el peligroso islámico radical”. Pero claro, eso se diluyó como el agua que va y viene a la orilla. Su objetivo real era el de intentar posicionarse frente a China y mantener las puertas abiertas de los países africanos para que las empresas norteamericanas puedan campar a sus anchas por el preciado territorio en busca de petróleo, gas, diamantes o cualquier valioso recurso natural. Y a su vez, vender el conocimiento sin compartirlo, para que el clientelismo sea eterno.

Ese uso del recurso natural impulsado por la corrupción desproporcionada de la mayoría de los gobiernos africanos cuyo interés máximo es el de enriquecerse, provoca casos como el de Níger, rica en Uranio y que ilumina Francia en lugar de sus calles con ese Uranio, o el ejemplo de Nigeria, donde todas sus minas de oro están dirigidas por inversores extranjeros y apenas dan empleo a 2000 nigerianos.

En el epicentro de un huracán nada se siente. Todo alrededor se mueve. Y lo que queda en el medio se mantiene intacto, invisible al descontrol, a la destrucción. Es la vida incluida en la muerte. Es tan solo cuestión de tiempo que la esencia de la vida, es decir, su movimiento te atropelle. Los ciudadanos africanos de los países estabilizados artificialmente a causa de sus recursos naturales, viven en la falsa calma de quienes creen que todo se mueve a su alrededor cuando en la realidad todo está a punto de destruirse.

David Arévalo

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