¡Arriba la tierra de conejos!

En la histórica novela Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, cuando Macondo era visitada por los gitanos mercaderes, la ciudad era tan joven que muchas de las cosas aun no tenían nombre y había que señalarlas para referirse a ellas. Las personas todavía no habían sido capaces de inventar las palabras. Con ello a uno se le antoja que el mundo era mucho más pacífico, porque tiene sentido que con la aparición de las interpretaciones sobre la realidad aparecieran los primeros conflictos. Entonces, la etimología nace y lo hace suspendiéndose en simples y a su vez lógicos conceptos, como lo es la predominancia de un objeto o animal determinado en un paisaje. No hay razonamiento más sólido que llamar, digamos, campopatata, a un campo lleno de patatas. Es de cajón.

Pasear por las palabras, analizándolas, es viajar en y por el tiempo. Y resulta útil. Ocurre que el tiempo nos ha lanzado contra un oleaje de significados y sentimientos que se posicionan como enormes sacos al lado de las palabras, haciéndolas más pesadas y pestosas, de lo que en realidad son. Ellas se intentan liberar en vano de lo que ellas mismas significan y el personaje acaba devorando la persona. Ya no sabemos ni lo que nombramos y lo que es nombrado no se hace una idea de todo lo que significa. Un sindiós. Porque no hay Dios que gobierne este galimatías.

Al hacerse forma este artículo en mi mente, una situación pasó por mi cabeza. Imaginé una gran manifestación de posturas políticas en las calles de una ciudad. A un lado de la calle se escucha el fervor al grito de: “¡Arriba la Tierra de Conejos!”. En el fondo opuesto, las masas se desgañitan mostrando su apoyo a una postura al parecer contraria: “¡Viva la Tierra de Castillos!”. Como si los conejos y los castillos no pudieran vivir en una armonía  basada en el sinfín de agujeros que el roedor puede encontrar en tamañas construcciones. Ambos bandos se enfrentarían con la vehemencia que conejos y castillos merecen, al punto de insultarse y desearse la muerte más temprana y escabrosa. Antes de que el lector decida dejar de leer y pensar que quien escribe estas palabras tiene suerte por poder publicar sus desvaríos, déjenme pasar de la etimología para enfangarme en esos sacos que devoran las palabras de las que son sus sombras. Ahí se van a sentir mucho más ubicados.

“Arriba España”. “Viva Cataluña”. Esas serían las proclamas que eran enfatizaban en la anterior alegoría a conejos y castillos. La palabra España tiene numerosas versiones sobre su origen, pero una de las más sólidas es la de que significaría “Tierra de Conejos”, nombre dado por una de esos raciocinios de cajón: la península albergaba gran abundancia de conejos. Al igual ocurre con Cataluña, cuya denominación parece proceder  de la época en la que se configuró como un reino independiente y se pobló de castillos. Otra de esas explicaciones que son capaces de romper cualquier tinglado de excesiva afección a una palabra es la de los vascos, cuyo nombre podría haber aparecido por la extraña y rocambolesca relación de llamarle “personas que viven en los bosques” a las sociedades que vivían en los bosques de los montes vascos que son parte de la Cordillera Cantábrica. Enganchado a la etimología (cada uno se engancha a lo que quiere), que es mucho más aburrida que la droga pero menos nociva, resulta que la palabra Cántabro aparece por la identificación de las personas de estos lares como los habitantes de las rocas, debido al consabido carácter pedregoso de la zona que se llama, evidentemente, Cantabria.

Bien, déjenme leer 10 segundos la página web La Razón para desengancharme a la etimología y volver a la tristeza de los sacos putrefactos que acompañan a las palabras.

¿Qué ocurriría si volviéramos a denominar los pueblos del país como “tierra de conejos”, “zona de castillos”, “paraíso de los bosques” o “dominio de la piedra”? Primero que nos sentiríamos en “El Seños de los Anillos”. Segundo que seríamos capaces de verter parte de la basura que hay dentro de los sacos que acompañan a las palabras que tanto hemos enrevesado desde que vinieron para que no tuviésemos que indicar con el dedo todo lo que veíamos. Pitar un himno o el nombre de un país no es otra cosa que pitar nuestra propia creación. Parecemos olvidar en ocasiones que las palabras son artificiales y por tanto modelables, al igual que lo son los países, las músicas que los representan, las naciones o las culturas, cuyos padres somos nosotros, con nuestros defectos y virtudes, y no un Espíritu Santo cualquier. Del que por cierto, también debemos ser padres. Simplificar sirve para volver al punto de partida, que normalmente por no estar contaminado, posibilita ver el horizonte con un hatillo menos pesado. Y los nacionalismos de un bando y otro son enormemente cargantes, fastidiosos y soporíferos.

Quién le iba a decir a los conejos de la península que los mismos animales que los mataron para comérselos durante toda la eternidad, iban a defenderlos con tanto ahínco.

David Arévalo

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