Alegorías griegas

Se habla en todo este conflicto de la dignidad de manera superflua como si no tuviera capacidad suficiente para enfrentarse al dinero

Érase una vez un reino en el que las personas estaban divididas y separadas según sus características. Todo llegó a causa de una época de cruentas guerras e interminables conflictos que se derivaban siempre por los distintos modos de ver la vida que confluían en la plaza donde todos se reunían. Los dignos, siempre gallardos, mantenían su capacidad como persona por encima de todo. Algo que no gustaba a los avaros, quienes suponían con monedas en las manos que todos tenían un precio. Estaban también los consecuentes, que se amontonaban en una zona con bancos desde los que se regían según sus creencias sin mirar atrás. Algo que ofuscaba a quienes necesitaban creer en algo para darle sentido a la vida, por lo que preguntaban todo antes de actuar sin mirarse en sí mismos. Estaban también los egoístas que miraban con desprecio a los generosos, las grandes trifulcas entre los aventureros y los sedentarios o las chispas que saltaban cuando extrovertidos e introvertidos se cruzaban. Todo estaba dividido pero tenía una cierta armonía. Notas discordantes que juntas formaban un extraño pentagrama que al forastero aturdía pero el residente disfrutaba.

Un día los testarudos trajeron varios kilos de manzanas, sabedores de que este fruto era lo único que unía a todos los moradores del reino. “¿Por cuánto las venderéis, preguntaron los avaros y egoístas?” a lo que los generosos y los solidarios animados por los dignos, protestaron. “¿Todo tiene un valor para vosotros? No podéis dejar que descarguen las tan hermosas manzanas, admirar su color para después escuchar si realmente van a venderlas o si por el contrario van a deleitar a su pueblo con tan preciado bien.” “En vuestras palabras nos dais la razón”, contestaron los avaros con altivez. “Se trata de un bien y el bien es la otra cara de la moneda en la que está insertado con el valor. No hay duda de que tendrá un precio.” La algarabía y los gritos ensordecieron a la plaza, un día más. Los testarudos decidieron guardar la mercancía una noche, para al siguiente día celebrar una reunión en la que informarían lo que iban a hacer con las manzanas.

Al siguiente día los rayos de Sol eran tan calientes que los frioleros apenas se quejaban. La plaza pronto se llenó de comerciantes y habladores que comenzaban a colocar sus tenderetes vacíos para posar más tarde las manzanas para venderlas, o eso pensaban. Los curiosos vigilaban cada esquina de la plaza esperando ver algún movimiento. Los testarudos llegaron con sus pantalones unidos a tirantes, sus camisas blancas y sombreros de copa por los que asomaba una pluma bien erguida. Arrastraban un enorme trozo de madera sobre el que se desparramaban kilos y kilos de manzanas. Todos observaron boquiabiertos. Los ladrones sustraían algunas que se caían pero los justos ni se incomodaban porque aquel manantial de frutos tapaba sus habituales luchas influidas por la balanza de la Diosa Temis. Todos revoloteaban alrededor de aquello que deseaban, conversaban unos con los otros, se mezclaban. De repente un generoso estaba tomando una cerveza con uno de los miembros más importantes de los egoístas, los ingenuos se aproximaban sin miedo a los aprovechados. Por primera vez, todos se conocieron. Y hasta se gustaron. Los testarudos colocaron a los avaros a su lado junto a los generosos y clamaron con fuerza: “Señores, muchos años han pasado hasta que hemos conseguido hablar unos con los otros. La representación de esta unión debe ser esta composición que os presento hoy: generosos y avaros dirigirán la gestión de todas estas manzanas. Hay para todos. Todo debe ser como os indico, puesto que es lo mejor y no debe haber discusión sobre eso.” Todos vitorearon a los testarudos que fueron aupados a hombros por sus hermanos los esforzados. Ellos habían recogido todas las manzanas, embelesados por el criterio rígido de los testarudos y por las promesas de grandes mejoras en sus condiciones de vida que los avaros habían insinuado, aunque nadie sabía exactamente cómo lo iban a hacer.

Rápidamente se creó una asamblea con representantes de todos los colectivos que discutieron sobre nimiedades, mientras los avaros, testarudos y generosos creaban un sistema paralelo con el que regir tanta riqueza. Decidieron que darían manzanas a todos los grupos sociales pero con la condición de que todos los ingresos que tenían en sus barrios pasaran antes por una comisión de economistas con corbata que decidirían, siempre por el bien de los benefactores, adónde iría dirigido cada céntimo. Todos concordaron, puesto que las manzanas nublaron la vista de los visionarios. Alguno trataba de insinuar un posible cataclismo futuro, pero rápidamente le apartaron el altavoz y sus gritos se convirtieron en susurros que el viento se llevaba.

Pasaron  años y todo funcionaba. Los testarudos, cada vez más gordos, conseguían vender todo lo que fabricaban ya que conseguían colocar en la mente de sus compatriotas necesidades que una vez no tuvieron. Pero ya no se acordaban. Los temerarios invertían y siempre ganaban. Hasta los temerosos comenzaron a comprar casas de las que apenas eran propietarios de una de sus ventanas. Los avaros financiaban todo gracias a planes de comunicación que realizaban con los consejos de los generosos, que ponían las tildes sobre las íes, de tal manera, que convencían hasta a los incrédulos. Ya estaba todo mezclado. La propiedad había llevado armonía al reino, y los barrios abrieron sus puertas para que todas las categorías sociales se mezclasen y olvidasen que hubo un día que ni tan siquiera podían entrar en los guetos sin un permiso especial.

Un día los avaros decidieron que el pueblo de los mentirosos, quienes habían presentado ante la asamblea una cuenta de manzanas ingeridas errónea y falseada, debía devolver todo lo que habían acumulado ilícitamente con sus embustes. Todos concordaron. La propiedad, la manzana, había hecho olvidar que un día estaban unidos de otra manera. Hasta los solidarios veían con buenos ojos un castigo ejemplarizante. La asamblea pasó a regir las finanzas de los mentirosos que sabedores de la humillación que suponía su actuación, se transformaron en resignados a los que todos los otros les colocaban adjetivos para hundirlos. La armonía de los pueblos había desaparecido. Las manzanas empezaron a pudrirse y la condición humana anteriormente ocultada por el aspecto lustroso de los frutos, afloró con una fuerza impetuosa. Todos se convencieron de que su forma de vivir era la ideal. Chocaron, se confrontaron pero seguían  viviendo juntos, condenados por los avaros a los que todos empezaron a deber dinero. Los testarudos recordaban cada mañana el trabajo y la inversión que llevó a su pueblo llevar todas las manzanas para el reino que compartían. Los valores que antes unían se disiparon y todos recelaban unos de los otros, creyendo que el enemigo estaba en casa.

Los avaros exigieron dinero a todos los barrios, obligándoles a vivir en peores condiciones incluso  que antes de que llegaran las manzanas. Algunos se preguntaban qué hacer, pero la comisión paralela a la asamblea representativa había creado un entramado de leyes que daba la razón a sus aparentemente amables peticiones, si se producía cualquier caída masiva de fichas en el dominó en el que se había convertido el orden social del reino. La propiedad era más sólida que la sociedad. Y todo se había moldeado. Las personas eran otras y pensaban de manera diferente a como lo hacían cuando eran jóvenes. ¿De qué servía haber construido si esa construcción conllevaba perder nuestra identidad como personas?, se preguntaron algunos.

Entre esos algunos estaban los dignos. De repente consiguieron levantarse, aturdidos, porque sentían el vacío en su estómago de quien llevaba una eternidad sin sentirse pleno. Los dignos sólo podían ser personas bajo el mandamiento de la propia dignidad, a la que habían abandonado hacía tiempo. Por eso se fueron levantando poco a poco. Comenzaron a preguntar y a preguntarse. Y con ello se fueron convenciendo los unos a los otros de que quizá su esencia era más importante que lo que habían construido. Que la simpleza de las características humanas les llevaría de nuevo por el camino correcto. En definitiva, que la dignidad podría responder a las dudas que tenían.

“¿Dignidad? ¿Dónde está la dignidad de quien prestó sus manzanas para que todos tuvieran algo que comer?”, coreaba el resto de las personas que se congratularon de tener al fin un enemigo común débil, para volver a humillarlo, y de tal manera sentirse de nuevo grandes, superiores y desprovistos de la humildad que tanto les cargaba. Los testarudos se ayudaron de ellos, tergiversaron informaciones ayudados por los mentirosos, y los dignos se quedaron en un rincón, aislados. Pero no se enrocaron. Trataron de negociar, pero siempre con la dignidad de su pueblo como bastión. Al principio eran pocos, pero otros fueron sumándose, atraídos por la insustituible sensación de sentirse personas. Con más o con menos, pero algo más que cuerpos y cifras, al fin y al cabo. En lugar de gritar, comenzaron a razonar.  Y a algunos les pareció coherente. Los consecuentes se sumaron al barco. Los avaros explicaban que ellos habían prestado pero obviaban lo que habían ganado en esa altura. Su discurso no era  convincente porque acudían a las reuniones en las que discutían con corbata, frente alta, barbilla inquisidora. Usaban el dedo índice y no se daban cuenta que con cada señalamiento creaban una nueva persona en plenitud. Los dignos explicaron sus cuentas pero los testarudos no quisieron escuchar.

En la nebulosa propiciada por los que ya no saben lo que son y que se convirtieron en marionetas en lugar de personajes principales, la plaza se oscureció. Los desencadenantes estaban ubicados, enormes, para llegar a una gran explosión de consecuencias inimaginables. De lo que todavía no se habían dado cuenta era de que con todo, lo que más habían perdido eran sus esencias en favor de lo superficial, y con ello no había dominó que no cayese. Este cuento todavía no tiene final.

David Arévalo

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