A tonta prisa

19:30 Londres, mi avión aterrizó hace un rato, ya siento el estrés propio de las grandes ciudades. Apenas acabo de salir del metro, carreras, gentío, colas, quince minutos allí han bastado para tener que hacer uso de varios sorry y es que nunca termino de acostumbrarme a la viveza de esta ciudad.

Salgo de la boca de metro, luces, tráfico, gente, ruido, tiendas, más gente y más tráfico, segundos más tarde las encargadas de recogerme me abordan:

—¡Eh aquí! Vamos, llegamos tarde a la obra.

Casi no me da tiempo a saludar, carrera hacia el hotel, subir, un trago de agua, bajar y vuelta a la carrera. De nuevo en el metro, más gente, más colas, más sorry, salimos del suburbano, pero el ritmo y la prisa no decrecen, ahora caminamos por las calles de Londres en formación Ala-delta, avanzamos a trompicones, pero avanzamos, ponemos nuestra vida en riesgo en varias ocasiones al cruzar a toda prisa las transitadas calles londinenses. Sin embargo, la importancia de llegar a tiempo a la obra prima sobre todo.

Por fin alcanzamos el teatro, allí nos esperan algunas personas más con nuestras entradas, aún no he conseguido situarme y el ritmo frenético de mi llegada aún me tiene desorientado, cojo mi entrada sin percatarme de nada, más allá de la posición que voy ocupar en el teatro (right balcony), empiezo a calmarme, mi acompañante me dedica una sonrisa, la devuelvo de manera poco convincente.

Subo las escaleras, busco mi asiento, miro el reloj, aún quedan siete minutos para el comienzo de la función, después de tantas carreras siete minutos parecen una eternidad, cierro los ojos durante el primero de ellos, acto seguido los abro para quedar fascinado por la estética del pequeño teatro que acogía la obra, lo analizo, lo estudio, busco el final de los telares, repaso las luces, reminiscencias de mi pasado como trabajador en el Teatro de Córdoba vienen a mi mente, sonrío. Mi mirada se posa ahora en el proscenio, repaso sus elementos, un ataúd domina el centro del escenario, a su alrededor una estructura de dos plantas, parece el interior de la casa de un adinerado.

El silencio sepulcral de aquel teatro me sobrecoge. Una vez analizado el recipiente es hora de analizar el contenido. Mi mirada pasa del escenario hacia el patio de butacas. Es allí donde la imagen más interesante tiene lugar, me resultó tan chocante que decidí tomar una foto. En el preciso momento que vi aquella imagen y las reflexiones vinieron a mi mente supe que ésta iba a ser una de mis entradas para La Pancarta de Bitácora.

Aquel silencio tan llamativo, aquella falta del run run propio de los teatros antes de empezar una obra tenía una explicación. Durante esos minutos de relajación, de observación, de estar conmigo mismo, de silencio, pensé en el gran contraste con lo que había vivido minutos antes en el metro y en las calles de Londres. Difícilmente podía creer en la posibilidad de pasar de un extremo al otro en tan poco tiempo. Sin embargo, aquella imagen mostró que todo esto era falso, que nadie había parado, que toda esa velocidad, que todo ese ajetreo seguía ahí, solo que yo no me había dado cuenta.

A tonta prisa

Lo que allí observé (y lo que mi modesta foto muestra) era un patio de butacas lleno de pequeñas luces rectangulares sostenidas por manos inquietas y encaradas por cabezas volcadas sobre ellas. Aquella imagen y la falsa apariencia de tranquilidad que había estado percibiendo era la metáfora perfecta de lo que es hoy la vida.

Y es que todo aquel ajetreo, todo aquel barullo, todo aquel estrés que acababa de vivir se quedaba en anécdota si lo comparaba con esa imagen, con esa falsa tranquilidad donde cada uno de los presentes presionaban su pantalla táctil sin cesar. Imagino que alguno estaría buscando información sobre la obra, probablemente algún otro estaba twitteando o respondiendo a una de las múltiples conversaciones abiertas en whatsapp, pero aquel silencio, aquella tranquilidad no existía, todos y cada uno de ellos estaban corriendo, estaban recorriendo la red a toda prisa, sin ni siquiera reparar en quién tenían al lado o en el escenario que acogería la obra. Aquella imagen tan del siglo XXI me sobrecogió, me llenó de tristeza y de preguntas.

¿Dónde quedaron esos ratos de reflexión? ¿dónde quedaron los paisajes contemplativos? ¿dónde quedaron esas conversaciones espontáneas con algún desconocido al compartir espera? ¿dónde quedó la tranquilidad del aislamiento?

¿Quedó todo ello atrapado en tu tarifa de datos o, sin embargo, sigue todo ahí, esperando a que alguien se percate y vuelva a prestarle atención?

Cada uno tendrá que responder a sus preguntas, sólo espero que, al menos, no se haga a través de un teléfono móvil.

Andrés Vella

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6 Respuestas

  1. Carlos Mazza dice:

    Genial reflexión.
    Un saludo

  2. Andrés dice:

    Gracias por leerlo y gracias por comentar Cristian. Aunque el dicho diga “una imagen vale más que cien palabras” yo, tras tomar esa foto, no pude evitar escribir un artículo sobre ella. La verdad que la situación fue impactante y es que imágenes como esa se ven todos los días. En las salas de espera de médicos, en los autobuses e incluso por la calle cuando alguna gente está a punto de chocar con otra porque andan escribiendo en sus teléfonos móviles. Creo que hemos ido demasiado lejos con todo esto y pos supuesto no pongo el duda la utilidad de las tarifas de datos, pero con mesura.

    Un saludo.

  3. cristian dice:

    Lo describe tal como es la actualidad fantástico como le da un enfoque práctico sencillo y real. Hasta es simpático Andres el material.

  4. Andrés dice:

    Muchas gracias Luisa, me alegro que te haya gustado. Un saludo.

  5. Luisa dice:

    Excelente escrito y reflexión. Fondo y forma van de la mano.

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